Le Flâneur

30 ABRILDÍA DEL NIÑO LA INFANCIA AUSENTE

Por Isabel Rosas Martín Del Campo

@Arq.IsabelRosas

Isabel. Rosas.arquitectas.consultoras@outlook.com

Es un momento propicio para recordar lo que significa ser niño en la actualidad. A lo largo de la historia han existido muchos tipos de niños.

Está, por ejemplo, el niño de la antigüedad: En los estratos sociales altos, el niño no gozaba de plena libertad para tomar decisiones y aunque jugaba, estaba sujeto a una educación muy rigurosa. ¿Cuáles eran esos saberes? La poesía, la literatura, la música, la filosofía. Ese aprendizaje; no necesariamente era una educación pensada para ganarse la vida, sino una formación que evitara la ignorancia. Hablamos, entonces, de niños cultivados. Acercados desde temprano a la búsqueda de la sabiduría

Pero en los estratos de la pobreza la historia era otra. Ahí, el niño era muchas veces un instrumento de explotación, una pieza más en el sustento familiar. Cuanto más pobre era una familia, más hijos solía tener, y el objetivo era que esos niños, apenas tuviesen conciencia de sí mismos y del espacio que habitaban, estaban listos para trabajar. Durante mucho tiempo hubo niños obreros. Niños que, desde los tres años, limpiaban chimeneas y entregaban ese dinero a sus familias.

Después vino el niño de la posguerra: un niño más protegido, con ciertos derechos ya reconocidos, entre ellos la educación formal. Se buscaba formar niños integrales, sensibles, responsables ante el mundo. Niños que sabían que eran queridos dentro de una familia y que, aunque crecían bajo una disciplina estricta, cuyo propósito era formar adultos responsables, capaces de integrarse a la estructura familiar y, con ello, a la estructura social de una cultura. También eran libres de jugar en el espacio público —en la calle—, solían tocar timbres y salir huyendo para esconderse y morirse de risa con la travesura.

Hoy miro al niño de la posmodernidad, al actual. Ya no juega en las calles como ocurrió durante buena parte del siglo XX. Hoy camino por las calles de Cancún y encuentro calles desoladas, ya no habitadas por niños que corren, juegan, ni tocan timbres. Hoy, el ámbito del juego y la recreación infantil está sujeto a la vigilancia, ya sea de los padres o de personas encargadas de ello.

Veo con tristeza que esas estructuras recreativas no necesariamente forman niños independientes. A veces merman su iniciativa, su capacidad de asombro e incluso su cognición. Los vuelven pasivos, acostumbrados a objetos que entretienen, pero no siempre invitan a pensar.

Los niños actuales están sobreprotegidos, pertenecen a familias fragmentadas o a hogares en los que padre y madre trabajan todo el día, y ellos se entretienen solos. Ya no necesariamente saben jugar en grupo ni construir dinámicas colectivas. Gracias al celular, muchos prefieren vincularse con un objeto inanimado antes que con otros niños.

Y así van quedando atrás esos juegos compartidos, esas formas de convivencia alegre y espontánea de las que acaso todavía queden vestigios en los recreos escolares. Quiero creerlo. He dejado de ver niños jugando por su cuenta: ahora sólo veo niños tomados de la mano de sus madres o aferrados a un dispositivo, mientras sus padres se distraen en otras cosas. ¿Alguno escapará de esto? Quisiera pensar que sí. Pero sigo viendo parques vacíos, calles vacías. Y más bien, lo que hoy transita y ocupa el espacio público con cierto grado de invasión es el automóvil; y en muchos de ellos ni siquiera van niños. 

Quisiera pensar que la idea del niño, en este 30 de abril, fuera un verdadero homenaje a aquellos niños que dejaron de existir para convertirse en otros que ya no necesariamente lo son, y a quienes parece definirlos únicamente la edad.

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