La era de los caballeros
A medida que crecemos, el tiempo ya no alcanza para hacer tantas cosas como quisiéramos, sentimos que pasa más rápido ahora que antes y en un parpadeo se acabó el día, la semana, ya estamos en el siguiente mes, pero lo más triste de esta rapidez es cuando notamos que ayer todavía éramos jóvenes, nuestros amigos también, las personas grandes eran “otros” y no nosotros, y cuando se van los llamados “grandes”, caemos en la cuenta de que realmente no estamos tan lejos de ellos, la distancia que nos separa se hace más corta, así que pronto nos verán los que vienen atrás como los próximos a usar nuestra visa al paraíso.
Hace un mes lo saludé y su vitalidad era asombrosa, se lo comenté a su hija Claudia: “¡Recuerdas que antes de entrar al encierro de la pandemia tu papá derrapó sobre este mismo piso como un chamaco travieso, y lo hizo sólo para presumir sus zapatos de los años 20´s!”
Reímos y volteamos a verlo, así era don Óscar Camino, siempre con la sonrisa, la broma, los cumplidos, un saludo afectuoso, siempre había algo que nos hiciera recordarlo.
Dos meses antes lo saludé en la casa de Sonia De la Peña, era la reunión anual de amigos que se pospuso hasta enero porque los compromisos de todos los integrantes les impedía coincidir, y lo que más me llamó la atención es que todos quería una foto especial con Oscar y Tere Camino, ¿Había en el ambiente un extraño presentimiento o era tanto el deseo de verse todos ellos que la ocasión ameritaba una foto especial? Como quiera que sea, todos se tomaron quizá la última foto con Don Oscar antes de partir.
Llegó el día: don Oscar se había ido y la noticia de su partida me tomó por sorpresa porque esa última vez lo vi sonriente y pensé: ¡Creo que tenemos Oscarito para rato! Desafortunadamente era la impresión que me quería dejar por última vez, verlo alegre y amoroso con su “More”, su esposa Doña Tere Camino, quien siempre estaba a su lado, a menos de que fuera reunión exclusivamente de mujeres, pero a veces ni eso le impedía hacerse el aparecido, como en aquel cumpleaños donde llegó solamente para leerle una carta a su esposa en ese día tan especial. Así era don Oscar, todo un caballero, como los que ya no hay, tal vez fue el último y quienes gozamos de su amistad, valoramos y extrañamos ahora a ese hombre finamente educado, perfectamente vestido, amable y sonriente cuya imagen seguirá así en nuestra mente y en nuestro corazón.
Un día alguien frenó de golpe mi llanto por la partida reciente de mi padre. Con voz fuerte me pregunto: ¿Alguna vez le dijiste que lo querías? Y claro que se lo dije muchas veces, era nuestro código de despedida: Papá te quiero mucho, y el me respondía: Yo te quiero más.
Con esa misma tranquilidad me quedo ahora al decir adiós a un amigo, don Oscar me decía: ¡Primero salúdame muchacho! Un saludo de lejos no era saludo, estrechar la mano era lo correcto. Impedía que le tomara una foto en todo momento sin antes saludarle correctamente, y su segunda pregunta era: ¿Cómo has estado? Y después de conversar, tomar su mano y darle un abrazo apretado, ahora sí procedíamos con las fotos.
Querido Oscar Camino: Gracias por darme lecciones de cortesía con tu trato, de alegría, aunque tu corazón y todo tu ser algo presentía; de respeto porque las damas son primero, pero esa clase ya la había tomado, sólo lo confirmé contigo. Te recordaré de mil maneras, nos harás falta en las fiestas. ¿A ver ahora quién empieza el baile? Mi corazón parece carrete de película en donde se proyectan escenas imborrables: la presentación de tu libro biográfico que ahora leeré a detalle; tu baile de carnaval de Cruz Roja al estilo James Bond, tus fiestas de cumpleaños, tu camaradería en los cocteles para caballeros, en las galas donde eras el más elegante.
Hasta siempre querido Oscarito. Me quedo con lo mejor de ti y contigo se va, el último de los más grandes caballeros que ha tenido Cancún. ¡Buen viaje!



