LEÓN ALVA

Llegó la Flaca al taller de León
con sombrero de colores,
buscando al ilustre pintor
entre lienzos y bastidores.
Trabajando estaba dándole al blanco un toque de color.
“¡León, León, pintorazo!
¿dónde te has metido?
Te he buscado en cada cuadro
y en cada pincelada, riendo a carcajadas.”.
El pintor la miró de reojo, pero ni se inmutó,
Siguió con su pincel en la mano:
“Espérate, Calavera que ando apurado
Un cuadro estoy terminando y no te estoy escuchando.
No me vengas con prisas,
que ando en plena creación,
si me llevas ahorita
dejarás incompleta mi exposición.”
La Muerte se acercó curiosa
Y al ver su caballete,
vio tigres, cielos y rostros
que parecían bailar sobre un tono celeste.
“¡Qué trazos tan coloridos!
¡Quién fuera de colores tu paleta!
O ser tu musa por un día,
Para que me dibujes con mi sonrisa coqueta.
Te llevas el azul del cielo,
el rojo del corazón,
el amarillo del sol
y de la noche que también es inspiración”.
León Alva le contestó
con una risa encendida:
“Píntate tú sola, Flaca,
¡que andas muy descolorida!
Te pongo un poco de vida,
un toque de carmín,
y así cuando me cargues
me veré más catrín.”
La Catrina se carcajeó,
se sentó a posar un rato:
“Píntame pues, Leoncito,
pero que te quede algo bonito.
Que no me pongas tan flaca,
ni tan huesuda y tan fría,
píntame como La Catrina
¡con elegancia y poesía!”
Y León la retrató
con sombrero y con flores,
y la Muerte se fue feliz
presumiendo sus colores.
Le dijo: “Aquí te dejo, León,
sigue pintando tu historia,
que el que pinta como tú
¡no muere, queda en la memoria!”




