LA CIUDAD DE LAS MANOS CERRADAS
- Por Isabel Rosas Martín Del Campo
- @Arq.IsabelRosas
- Isabel. Rosas.arquitectas.consultoras@outlook.com
Escucho la agonía de la ciudad, en su infinita paciencia, ella nos prodiga espacios para ser: una calle para circular, un parque para respirar, un teatro para cultivarnos. Pero el ciudadano, ese habitante de memoria corta, parece creer que la ciudad le brotó de los pies por derecho divino. Caminar por esta ciudad es asistir a un banquete de ingratitudes silenciosas. No hace falta preguntarle a nadie cómo está; basta con mirar cómo habitamos. ¡Pobre ciudad!

Los teatros pequeños susurran entre sí un desconsuelo que nadie siente. En ellos se gesta el arte de los invisibles, los que caminan solos y sin patrocinio. La gente se agolpa y paga fortunas por ver al “famoso” de turno, al que ya no necesita el aplauso para comer. Pero frente a la obra pequeña, la que es un pedazo de alma expuesta, pasan de largo. Sólo entran si es gratis, y a veces, ni así. Es la ingratitud del espectador: le da su atención al que ya brilla, ignorando la luz de quien está encendiendo el fuego por primera vez. Es el mismo desdén de quien sólo va al estadio si los equipos son de renombre, despreciando el fútbol local, ese que suda la camiseta por el puro gozo del barrio.
Habita en la ciudad la ingratitud, su voz es grito, también tiene manos y a veces carga tijeras. Vemos a alguien desmochar un árbol hasta dejarlo en el esqueleto que llora su desnudez, sin importarle que ahí, en ese hueco, vivía una ardilla que ahora busca asilo, o que en esa rama había un nido de aves sin hijos, se han estrellado en el piso. Es la soberbia del que habita indiferente la sombra silente. El oxígeno se ahoga junto a su árbol mutilado. Sus hijos ya no ensucian el toldo del auto que antes gozaba de su sombra.

La basura, tras cada esquina, es paisaje montañoso, el espectáculo gratuito de la calle. Es en el fondo, escupir en el plato donde se come. Es decirle a la ciudad: “Me sirves, pero no te respeto”. Al final, la ingratitud en el habitar nos vuelve seres solitarios. No es una soledad de paz, sino una de repliegue. Cuando el ciudadano deja de agradecer lo que el entorno le da, empieza a vivir en una ciudad de espejos donde sólo se ve a sí mismo.
El caminante sabe que una ciudad sin gratitud es sólo un montón de cemento frío torturado perennemente por la intensidad de un sol que llora su condena. Porque la gratitud es lo que humaniza el urbanismo; es el reconocimiento de que la banca en la que te sientas, el árbol que te cubre y la mano que te abre una puerta no tenían por qué estar ahí, pero estuvieron. Habitar con ingratitud es la forma más rápida de convertir una metrópoli en un desierto de gente ingrata, donde todos se tocan, pero nadie se ve y donde las manos siempre están cerradas…


