Parque Cancún un lugar invisiblemente desconocido
Acabo de conocer el Parque Cancún después de 35 años viviendo en esta ciudad.

Decirlo en voz alta me provoca una mezcla de asombro y pudor. El parque no es nuevo, no apareció ayer. Ha estado ahí, respirando en silencio, mientras yo —y seguramente muchas otras personas— seguíamos transitando la ciudad sin mirarlo. No es que no existiera; es que no lo habíamos incorporado a nuestra vida cotidiana.
Caminarlo tiene algo profundamente simbólico. Saber que fue construido sobre lo que alguna vez fue un tiradero de basura transforma la experiencia. La tierra guarda memoria. En algunos cortes todavía se alcanzan a ver vestigios de aquello que fue enterrado. Y, sin embargo, encima crecen senderos, árboles jóvenes y viejos que nos despiertan posibilidades de una vida más al natural. Me conmueve pensar que incluso lo desechado la selva lo acoge en silencio, como perdonando cada huella artificial (plásticos, fierros, qué se yo); se han deformado. Es maravilloso saber el poder de la naturaleza para autogenerarse a pesar de la basura.

Mientras avanzaba, me preguntaba cuál es, en realidad, la naturaleza de un parque.
Un parque no es solamente un lugar con árboles y bancas. No es únicamente un espacio para pasear perros, aunque eso forme parte de la vida actual. Un parque es un lugar para estar. Para permanecer sin miedo. Para sentarse sin prisa. Para coincidir con otros sin necesidad de consumir nada.
Recuerdo —o quizá imagino— escenas que hoy casi no vemos: el globero, el cilindrero, el cuenta cuentos. La conversación espontánea entre desconocidos. El niño que corre detrás de una burbuja. El adulto que simplemente observa. ¿Qué pasó con esa interacción humana sencilla que hacía del parque un punto de encuentro y no sólo un espacio de tránsito?

Este parque es enorme, tan grande que no se termina en un día. Y me pregunto por qué no hay bicicletas para recorrerlo completo, por qué no existen más pretextos para atravesarlo de extremo a extremo y apropiárselo. No lo pienso desde la queja, sino desde la curiosidad: ¿qué tendría que suceder dentro de un parque para que se vuelva imprescindible en nuestra vida?
Cancún ha crecido mirando hacia el mar, hacia el turismo, hacia los grandes complejos que celebran la naturaleza convertida en espectáculo. Sabemos llegar a ellos con precisión. Pero los espacios públicos gratuitos, los que no prometen una experiencia diseñada sino algo más sencillo y más profundo parecen quedar fuera de nuestra brújula diaria.
Tal vez el problema no es que no haya parques, sino que no hemos aprendido a habitarlos.
Imagino un parque que también sea aula abierta. Donde alguien enseñe a hacer composta con lo que sobra en casa, donde se siembren pequeños huertos urbanos, donde volvamos a tocar la tierra en una ciudad que ha pavimentado demasiados patios. Un parque que no sólo se vea bonito, sino que nos enseñe, que nos conecte, que me convoque.
No escribo esto como crítica, sino como un pensamiento dicho en voz alta. Como quien descubre un lugar que siempre estuvo ahí y entiende que el descubrimiento no es sólo geográfico, sino interior. Quizá el Parque Cancún no necesita ser más grande, ni más espectacular. Quizá lo que necesita —lo que necesitamos— es recordar que un parque empieza a existir verdaderamente cuando decidimos habitarlo.





