Quinto Elemento

OBSERVACION DE AVES TODO UN ESTILO DE VIDA

 

Mis inicios con la observación de aves, no fue tan romántico como pensarían muchos. Esta actividad se convierte en una pasión que, con el tiempo fui adquiriendo.

Mi sueño de joven siempre fue tener un Tucán Pico de Canoa. Obvio, esas cantidades de dinero no las tenía, pero ya con mi primer empleo fui a la feria del café, en Coatepec, Veracruz y vendían un ave maravillosa, llamada “Siete Colores” en una jaulita minúscula de madera. Me sentí empoderado por poder comprarlo y me lo llevé a casa. Gracias al Altísimo, una querida persona que ayudaba en casa, Amalia (obvio con más conciencia que yo), tuvo a bien, al día siguiente, soltarlo y decirme que “el pajarito había abierto la jaula y se había ido”.  

El tiempo me ha enseñado que no hay mejor ave en el mundo que la que se percha en una ramita y luego de unos cuantos segundos la ves volar libremente.

En el camino he tenido grandes mentores como Cecie Álvarez, Juan Flores, Carolina y tantos otros y lo más gratificante de esta actividad es que se puede hacer desde la ventana de tu casa y lo único que necesitas son unos binoculares 8X42 ó 10X42 y listo, te adentras a un mundo mágico de colores, iridiscencias, tonalidades, cantos mágicos, poses altivas de aves orgullosas de sus majestuosas alas que los transportan a lugares insospechados. ¿Cómo no ser envanecidas? Si ya lo escribió el propio poeta Salvador Díaz Mirón, “el ave canta, aunque la rama cruja, pues sabe el valor que poseen sus alas”.

Es menester levantarse muy temprano, pues la actividad principal comienza a las seis de la mañana y, en ocasiones empieza la jornada más temprano pues, el periplo es de varias horas, pero bien vale la pena cuando estás frente a frente con un ave como el quetzal en los bosques de niebla de Chiapas o el colibrí cozumeleño, que sólo habita en esa maravillosa isla.

En Cancún, dado nuestro entorno selvático, podemos observar magníficas aves, ya sea en la Universidad del Caribe, en el nuevo Parque Cancún, en Malecón Tajamar, las lagunas Manatí y Chacmochuch y, un poquito más alejado en Puerto Morelos o en Central Vallarta, que está en la ruta de los cenotes y así podemos pasar todo el día. 

Vas aprendiendo cosas inauditas como que la fragata puede pasar volando meses o años, antes de tocar tierra; El Charrán Ártico que viaja en un solo jalón 36,000 kilómetros, del Polo Norte al Polo Sur y se puede hacer de ida y vuelta hasta 80,000 kilómetros al año; El Halcón Peregrino que, no hay animal alguno más rápido que él sobre la faz de la tierra, alcanzando una velocidad de 340 kilómetros por hora (más rápido que cualquier Porsche) o bien el Colibrí, que aletea de 50 a 80 veces ¡por segundo! en promedio, pero si pretende que su nueva conquista amorosa caiga a su pies rendida, puede hacerlo hasta cien veces por segundo.  

Hay casos extremos como el que describe la muy buena película “The big year” del 2011 con Steve Martin, Jack Blanco y Owen Wilson o bien se dan casos en donde hay discusiones ecuménicas entre los compañeros que si por la tercera pestaña, bajo la ceja izquierda es un ave o es otra. 

Lo que sí es un hecho es que se hace una cofradía maravillosa de personas de todas las edades, sanas, amables, en pro de la naturaleza y con una sabiduría, responsabilidad y conciencia social, totalmente encomiable de donde aquilatas amistades significativas de por vida. 

Un amigo, Alfredo, una vez me dijo: “cuando Dios lo da, lo da todo” y este es el caso. 

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